La ansiedad: instinto excesivo de protección

La ansiedad es un sistema de alarma y protección que tenemos ante situaciones consideradas peligrosas a las que nos tenemos que enfrentar. De alarma porque nos avisa de los peligros. De protección porque nos prepara para enfrentarnos a ellos.

Este sistema funciona de la siguiente forma:

1. Nuestro cerebro detecta un peligro.
2. Se activa nuestro sistema nervioso.
3. Nuestro cuerpo se prepara para reaccionar (lucha-huida).

Cuando nuestra reacción física es necesaria para enfrentarnos al peligro, esta respuesta de ansiedad es bienvenida, ya que nos sirve para activarnos y estar más preparados (rendir más en un examen, estar más atentos, defendernos de un posible ataque…). Ahora bien, cuando el peligro no requiere de un tipo de respuesta física de activación, o cuando la activación es demasiado elevada, es cuando vienen los problemas.

Es entonces cuando decimos que este sistema de protección se activa demasiado temprano o ante elementos que en realidad no son peligrosos. ¿Porqué ocurre eso? ¿Porqué tenemos ansiedad?.

Nuestro cerebro está  pendiente de identificar los posibles peligros, las posibles situaciones preocupantes, para así poder responder con la mayor brevedad  y garantizar  nuestra supervivencia. Nos avisa de toda clase de acontecimientos negativos, de posibles peligros o desgracias, para que nosotros pongamos remedio y no ocurran las temidas y catastróficas consecuencias. Este funcionamiento de nuestro cerebro es un funcionamiento instintivo: rápido, automático. Si nosotros no le ponemos ningún filtro a nuestro cerebro, para que distinga bien cuales son las situaciones realmente peligrosas y cuales no, tendremos un exceso de acontecimientos susceptibles de ser peligrosos.

Nuestro cerebro no distingue de tipos de peligro, solo identifica aquello que puede ser “peligroso”, y en el mundo en el que vivimos, puede confundir fácilmente cosas inofensivas con peligrosas. Cuando nos preocupamos por la salud, por la economía, por nuestras amistades, por la familia y los hijos, por nuestro futuro, por lo que pensarán de nosotros…etc, estamos enviando señales de alarma a nuestro cerebro. Si no filtramos esas señales nuestro cerebro entenderá que se trata de peligros reales y auténticos, y activará el sistema de protección, la ansiedad.

La ansiedad por tanto funciona de manera instintiva y no racional. Es nuestro instinto de protección, que se pone en marcha para salvarnos. No se preocupa de si somos felices, estamos tranquilos o queremos estar relajados, se encarga de protegernos. Somos nosotros quienes tenemos que preocuparnos de hacer llegar la racionalidad a nuestro cerebro, para que pueda distinguir bien cuando se trata de un peligro real y cuando no.

Cuando a consecuencia de la situación en la que nos encontramos, bombardeamos a nuestro cerebro con preocupaciones, éste acaba entendiendo que debe ser algo muy peligroso, y activa la ansiedad.

Si nos preocupamos continuamente, ante situaciones sociales,  sobre lo que pensarán los demás, la imagen que estamos dando, si haremos el ridículo o no, etc., nuestro cerebro acabará entendiendo que todo esto debe ser peligroso. Por tanto, en circunstancias en las que identifique que podemos “quedar socialmente mal o en ridículo” pondrá en marcha la ansiedad.

Si cuando un familiar que está de viaje tarda “demasiado” en llamarnos y le empezamos a dar vueltas a la idea de que habrá tenido un accidente, estamos diciéndole a nuestro cerebro que encienda la alarma, que active la ansiedad.

Asimismo, si nos preocupamos respecto a que todo este perfecto y controlado, a no cometer ningún error, a no fallar nunca…etc., nuestro cerebro entenderá que la alarma deberá activarse ante cualquier posible fallo, error o descontrol.

Podríamos encontrar cientos de ejemplos como estos, en los que sin darnos cuenta enviamos mensajes de alarma equivocados a nuestro cerebro. De este modo, nuestro cerebro aprende a estar atento a estímulos y situaciones inocuas como si fueran peligros, lo que acaba convirtiendo a la ansiedad en un instinto excesivo de protección que se activa cuando no toca.

Desde un punto de vista racional, cuando analizamos la situación en frío, nos damos cuenta que no era tan grave o importante aquello a lo que le andábamos dando vueltas, pero los mensajes de peligro ya los hemos enviado.

Para poder superar la ansiedad, en terapia tratamos de aprender a identificar que señales de peligro estamos enviando a nuestro cerebro. Damos nuevas instrucciones, nuevos puntos de vista  respecto lo que es realmente peligroso y lo que no. Lo que hacemos es reeducar (cambiando pensamientos negativos distorsionados) a nuestro cerebro para que no active la ansiedad a no ser que sea realmente necesario.

http://psicologiatccb.com/

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Acerca de Georgina

Cumpleaños 18 de noviembre de 1978 / De Mollerussa, Cataluña, España
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3 respuestas a La ansiedad: instinto excesivo de protección

  1. emmadivine dijo:

    Que actualización tan interesante sobre la ansiedad!

    Te deseo un estupendo fin de semana!!

    Saludos.

  2. Georgina dijo:

    ¿Cuándo nace el instinto de protección?

    Quizá la respuesta sea tan sencilla como que el instinto de protección nace cuando somos lo suficientemente conscientes de que podemos cuidar de los demás como han cuidado o como están cuidando de nosotros. Es admirable recordar cómo de niños somos capaces de sentir las necesidades básicas de otro animal o persona, e incluso si no tenemos cerca un ser vivo al que cuidar, lo hacemos con un ser inanimado, un muñeco, peluche o similar. El calor, la protección de un abrazo, el afecto, la comida, el agua. Son necesidades que están grabadas en nuestra consciencia, porque nosotros las hemos necesitado y seguimos haciéndolo y cuando las tenemos o sentimos que nos faltan, las volcamos directamente en otro ser que a nuestro juicio las necesita.

    El instinto de protección se activa en el cerebro adulto al ver un bebé

    En general, cuando vemos un bebé nos inspira ternura y nos apetece achucharlo, arroparlo, protegerlo. Esto estaba más claro (y demostrado) en el caso de los padres con su bebé, pero según un reciente estudio, también cuando no se trata de nuestro hijo. Ver el rostro de un bebé provoca una respuesta cerebral que indicaría una inclinación natural a cuidarlo.

    La respuesta se produce en áreas de los cerebros de los adultos que tienen que ver con la emoción, la recompensa y la planificación del movimiento, y los investigadores observaron este patrón en adultos que no conocían al bebé ni tenían hijos propios.

    Los investigadores usaron imágenes por resonancias magnéticas cerebrales para registrar la actividad de hombres y mujeres mientras veían rostros de bebés y de adultos, caras de perritos y gatitos, y caras de perros y gatos adultos.

    Las caras de los bebés provocaban más actividad en ciertas regiones cerebrales que las demás imágenes.
    Esas áreas incluían la corteza premotora y el área motora suplementaria, que tienen que ver con la planificación del habla y del movimiento; el giro fusiforme, involucrado en el reconocimiento facial; y las cortezas insular y cingulada, que participan en la activación emocional, la empatía, la vinculación y la recompensa.

    (Texto sacado de la Web de Bebés y más)

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